Vencer al cáncer

Por Pitusa Caruncho (Periodista)
Cuando a algún personaje público se le diagnostica un cáncer, inmediatamente aparece un coro de voces que, al unísono, repiten que están seguros de que el afectado vencerá al cáncer. No dudo de que lo hacen con muy buena intención pero suena demasiado a frase hecha. Desde mi experiencia, como superviviente -que no ganadora- de un cáncer, os aseguro que nunca se vence a la enfermedad, eso es sólo un mito, se puede seguir viviendo pero ya nada es igual.

El cáncer siempre deja importantes secuelas y no sólo físicas que, habitualmente son muchas, sino psicológicas. Desde que descubres que tienes la enfermedad ya nada vuelve a ser igual. A partir de ese instante pasas a vivir con una espada de Damocles sobre la cabeza y aunque sigas con tu rutina diaria, no eres la misma persona. El cáncer te transforma aunque no quieras y lo hace casi siempre sin darte cuenta.

Por una parte, la enfermedad te convierte en una persona más solidaria y con menos apego a las cosas materiales, te hace ser consciente de las cosas importantes. En el mismo momento en que te confirman el diagnóstico te das cuenta de que de un día para otro todo se acabó y que tanto esfuerzo por conseguir cosas materiales no sirve para nada. Que lo único verdaderamente importante es la gente que te rodea que, todo hay que decirlo, después de los primeros momentos son muchos menos, aunque los que quedan son los auténticos y los importantes.

Una vez superados los primeros pasos de la enfermedad, cirugía, radioterapia o quimioterapia, te das cuenta de que no eres la misma, te has convertido en una persona más triste, más vulnerable y, sobre todo, más temerosa. Siempre te ronda por la cabeza que la enfermedad pueda reproducirse en cualquier momento y eso es difícil de llevar en el día a día.

Por eso sostengo que al cáncer no se le vence nunca, siempre gana él, una vez que llega lo hace para quedarse porque, aunque le sobrevivas, siempre lo tendrás presente. No obstante, es preciso aprender a convivir con él y a hacerlo de la manera menos traumática posible, pero eso sí sabiendo siempre que no le hemos ganado la partida, ni mucho menos. Lo único que hemos ganado es que ya nos atrevemos a llamarle por su nombre en lugar de utilizar eufemismos como “una larga y dolorosa enfermedad”.

De todas formas, reconozco que tuve mucha suerte porque cuando enfermé, en mi país existía una sanidad pública, universal y gratuita que me salvó la vida. Los cirujanos y demás personal sanitario que se ocuparon de mi caso, esos sí, vencieron al cáncer.

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