Mañana hablamos de nuevo… si quieres

Hacía ya tiempo que no aprovechábamos la noche para hablar de nuestras cosas. Hoy. Nos desquitamos. Aunque, como casi siempre, tu eras el que decidía que pieza interpretábamos. Me mostraste otra vez, como dos años antes de irte, los poemas por ti seleccionados y que habías pasado a pluma en aquellas fichas blancas que te había traído de la papelería. No eran poemas completos los que transcribiste, eran versos sueltos de unos y otros autores. Versos defensivos. Fármacos en forma de verso que no son más que placebos. Placebos en verso para mitigar el miedo. Al despertar me dirigí hacia el cajón de los recuerdos y, allí estaban… tus fichas blancas. Dentro de la misma carpeta en la que las guardaste. Mañana, papá, hablamos de nuevo… si quieres.

El asesinato de Encarnita.

Por: Fermín Goiriz Díaz

No sé ni cómo puedo estar escribiendo esto después del shock  traumático que recibió mi organismo ¡Paro multiorgánico! Si no lo tuve, la sensación fue parecida. Todo ocurrió esta  mañana al levantarme y no ver a Encarnita en su sofá (duerme en el sofá porque tiene problemas de espalda). Encarna lleva varias generaciones en la familia, mujer discreta donde las haya y siempre dispuesta a servir… eso sí, sin caer nunca en el servilismo. Y a la que todos los varones de la familia le hemos dispensando siempre un trato exquisito. Dónde estaría, a dónde iría mi muñeca hinchable…

Bajé las escaleras preocupado y ¡Dios! estaba en la sala ¡Desmembrada!  ¡Le faltaba un brazo y la pierna contraria al brazo amputado! ¡AY, DIOS! Y ¡LA CABEZA! ¡TAMBIÉN TENÍA LA CABEZA CORTADA! Miré, como buenamente pude, (ya ni la vista respondía) hacia donde estaba ELLA, la de carne y hueso,  para ver si su rostro reflejaba su culpa de lo acontecido y, observo que ELLA también me mira. Casi sin voz le pregunto…

-¿¡Has sido tú, quién ha hecho esto!?

-Perdón… ¿Qué has dicho?

-Si has sido tú (entre sollozos) quien ha descuartizado ¡Asesinado! A Encarnita.

– Pues sí, fui yo…

-Cómo has podido hacerme eso ¡Cómo!

-Con unas tijeras, es sencillo.

-¡Muero!

-Tranquilízate, que por eso no te vas a morir…

-Te digo que me estoy muriendo.

-Morir te ibas a morir como siguieras con “esa” ¡Te tenía destrozado!

-¡Ayayay! ¡Dios mío, ayúdame!

-No metas a Dios en esto… Y sé un hombre o, al menos, compórtate como tal.

¡Allí! Al lado del brazo de Encarna caí desmayado… aunque yo pensé que había muerto. No sé cuántos minutos transcurrieron desde ese momento hasta mi “resurrección”… Ojalá no hubiese  vuelto en mí… ¡Encarna lo era todo!

El Libro del Capitán Gürtel

-¡Tú que vas a decirme a mí! ¡Si tú estás en el libro del capitán Gürtel!

La ira del de Pontevedra se desbordó con esta frase. Avanzó hacia el de Valencia con ánimo de hacerle comer sus palabras. Viendo el cariz que tomaba la discusión abandoné el lugar de la escena. ¿Quién era el capitán Gürtel? ¿Qué clase de libro había escrito este capitán? ¿Cuál era la razón de que – porque le hubiesen recordado una cita bibliográfica- pretendiera aquel pontevedrés hacérsela comer?

Un amigo me lo explicó todo, contándome una historia de malicias y de delicias: una historia picaresca.

Todavía joven y fuerte –como corresponde a un don Juan- el capitán se aprovechaba de la inocencia de valencianos, gallegos, madrileños, castellanos y leoneses… No tenía ningún reparo en su afán de hollar la tierra o la hacienda de sus inocentes víctimas.

Era irresistible aquel capitán que, no teniendo moros con quienes pelear, derribaba todos los días alguna fortaleza con sus encantos y  regalos,  algunos muy caros… pero no importaba, a la larga compensaban. Luego, cuando llegaba a su casa, a hurtadillas de su mujer, sacaba un cuaderno y anotaba el nombre de la víctima y el lugar del sacrificio. Un día, el bizarro capitán fue detenido, le habían denunciado cuatro o cinco cornudos dolidos en su honor… pero más en su hacienda. La justicia investigó, escudriñó y encontró, escondido, el famoso cuaderno con sus terribles revelaciones. El escándalo fue espantoso ¿Era verdad lo que decía el libro del capitán Gürtel, o se trataba de un caso de vanidad?

Un día un conocido político genovés le contó a su mujer, también genovesa y también dedicada a la política.

-¿Sabes lo que me han dicho?

-¿El qué?

-Pues que la hija está en el libro del capitán Gürtel.

-¡Bah! Son habladurías de partido

-Por un sí o por un no, yo voy a ver el libro.

Y fue,  contrariando la opinión  de su mujer. Vio el libro, y allí no sólo estaba su hija, sino que también estaba su esposa y, para su desgracia, el también.

He visto a La Santa Compaña

Por Fermín Goiriz Díaz

Sí, ayer de noche, cerca de A Ramalleira… Yo estaba en las inmediaciones de un poste del tendido eléctrico para ver si oía llegar la luz y así ser el primero en avisar a los vecinos de la buena nueva. En esto que veo, a lo lejos, una luz que avanzaba hacia mi despacio pero sin pausa. El acojonamiento fue total… ¿quién será? Me pregunté, mientras cruzaba mis piernas intentando evitar que ciertos líquidos se saliesen sin previa autorización… no hubo forma ¡me meé! Ya aliviado del aprieto, me dispuse a esconderme tras unos matorrales con la intención de ver y no ser visto. Tras más de veinte minutos en mi escondite, pude observar claramente a cinco hombres… Uno llevaba la Cruz, otro el Estandarte, otro un caldero (supongo que con el agua bendita), otro el farol acompañando al Viático y finalmente, otro con la campanilla, este último era cojo por lo que la campanilla no necesitaba ser movida por la mano del que la portaba para que sonara… Paralizado por el miedo, que no por el frío, aunque también, me vino el recuerdo de las historias de mi abuela sobre la Santa Compaña y… ¡Faltaba la Visión! (la visión es un cortejo fúnebre que muchas veces se suma a la Santa  Compaña). Podía ser el primer hombre de este siglo en ver a la Compaña y a la Visión la misma noche. Pero no, sólo iban los cinco indispensables para ser Compaña… En ese momento recordé que tenía la cámara… y me preparé  (venciendo todos mis miedos) para tirar unas fotos… Como no veía nada que no fuese el farol y su entorno, enfoqué hacia su luz  y disparé  con la cámara como un poseído… Al alejarse la comitiva, me atreví a abrir el visor para ver si había logrado alguna fotografía del acontecimiento. Cuál no sería mi sorpres al comprobar que todas las imágenes eran iguales las unas a las otras… ¡El anagrama de Unión Fenosa!… Todo había sido un sueño, o no?